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viernes, 17 de abril de 2009

El parque


Suelo ser de los que adora ir con sus hijos a compartir fuera de casa un día domingo. En mi caso particular, trato de que ese día la cuestión resulte todo un acontecimiento. Orianny, que así se llama mi hasta ahora único retoño, disfruta mucho cuando ella y yo, sin más compañía, solemos ir a una serie de lugares que ya los tenemos reservados, cual cómplices de un importante hecho, en la biblioteca de nuestras satisfacciones en común.
Y a pesar de que, como ya dije antes, disfruto mucho esos momentos, hay uno en particular que me resulta poco menos que una verdadera pesadilla, por supuesto que no por mi hija, sino por el entorno en el que me toca desenvolverme. Me refiero a los parques infantiles, esas pequeñas extensiones de territorio donde, amparados en unos pocos implementos de hierro o plástico que a ellos (los niños) les hace volar la imaginación, yo encuentro el lugar ideal para que las angustias afloren en mi ser.


Primero son los propios niños en sí; pequeños seres devenidos en mínimos cromagnones o neandertales, que parecen pensar en todas las cosas del mundo menos en la prudencia y la seguridad cuando están en uno de estos “parquecitos”.

Porque sea en un pequeño y desvencijado parque de pocos columpios y un escarapelado tobogán o en un lujoso “children park” de los de restaurante de comida rápida el hecho es que a la mayoría de los niños, sobre todo a los tarajayos que deberían más bien estar en un equipo preinfantil de fútbol americano o rugby, parece entrarles un pequeño demonio en esos lugares, y entonces no parecen pensar en otra cosa sino en correr como unos desaforados y poner en peligro a los demás niñitos, casi siempre más pequeños que ellos. Y es entonces cuando me veo yo, con mis 1,79 metros y casi 90 kilos, en medio de una partida de enanitos incansables tratando de poner a salvo a mi bebecita.

En los de restaurante normalmente mis mayores angustias vienen cuando a mi bebé le da por meterse por esos interminables tubos plásticos que semejan los conductos de alimentar alienígenas con desventurados humanos que he visto en alguna película de ciencia ficción, y entonces ella, oronda, tierna e inocente, me saluda contenta desde transparentes ventanas a una altura que supera mi tranquilidad mientras decenas de muchachitos inquietos, cual si en verdad fuesen a ser la cena de algún malvado extraterrestre y de su habilidad para sortear el ensortijado tubo dependiera su salvación, le pasan por al lado a velocidades no acordes a su pequeño tamaño amenazando a cada instante con tropezarla.

Peor es la cosa cuando son los parquecitos de calle. Hay unos que, verdaderamente, parecen diseñados por la mente retorcida de un maquiavélico exconvicto con severos traumas de maltrato infantil, que sólo está a la espera de un indeseable accidente. Porque sólo una mente así puede planificar una distribución de espacios donde cada columpio, mecedor, balancín o lo que se parezca que se mueva a velocidades mayores a un parpadeo y con niños infernales a bordo, esté instalado en medio de inofensivos tobogancitos, sube y bajas y ruedas de la fortuna en las que mi pequeña niña, con la inocencia de sus casi cuatro años (*), insiste en que la monte su papá.

Que me digan sobreprotector o exagerado, pero lo que soy yo, y por supuesto mi pequeña, desde ahora nos armaremos de petos y protectores acolchados cada vez que visitemos uno de estos “inofensivos” lugares de entretenimiento.


Rubén Rojas
Escrito originalmente el 13/01/2008.